No tengas prisa

No tengas prisa. Saborea este momento, este instante, el primer café de la mañana, la última copa de la noche. No tengas prisa en el mañana, en el próximo mes, en el próximo año. No quieras resolver hoy toda tu vida, no, al menos no quieras vivir demasiado. No quieras hacer planes en el futuro olvidando lo que debes hacer hoy. No corras, ya ocurren las cosas demasiado rápido a nuestro alrededor, así que tú no. Tu no vayas deprisa, no corras.

No quieras resolver tu futuro hoy. Eso solo un domingo, un domingo por la tarde. No dejes de vivir pensando en el mañana. Aprovecha el hoy. Aprovecha este momento. Deja de leerme (si quieres) y aprovecha estos minutos de vida.

No tengas prisa por el futuro, por acabar la jornada en el trabajo, por acabar de cenar, por acabar tu serie favorita. No quieras tantos finales. Concéntrate en el ahora, en el medio de tu mitad, en el centro de tu mirada.

No pienses en lo que pasó, en lo que pasará o en lo que nunca vendrá. No tengas prisa por vivir mucho, céntrate en vivir bien. En amar cada instante de tu vida como si fuera el último.

Pero no te estreses, no te agobies. Lo estás haciendo bien. No puede ser de otra manera. Solo mantén la calma, no tengas prisa y siente y ama cada paso de tu vida. Solo así, la vida te sabrá a poco.

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El coche

Me quedé igual que el coche. Desguazado.

Sentí tus ojos fríos sobre mí, tus palabras vacías.

Sabía que nunca más volveríamos a compartir un colchón, que volabas en otra cama, que te enredabas en otras sábanas.

Y allí estaba mirándote, con tu coche desguazado, como yo.

“Siniestro total”, dije.

“Como lo nuestro”, contestaste.

“Te sigo queriendo”, quise decir pero me callé mientras me mirabas con desdén.

Te entregué las llaves de tu coche desguazado con el que habíamos conducido a la felicidad un millón de veces.

“Ya no me hace falta”, añadiste.

“Ni yo”, pensé, mientras te alejabas.

Y la vida continuó

Amanece sin ti

Me llamas y me pides que te espere

“No tardaré mucho”, dices.

Me prometes entregarte esta noche.

Me prometes que no será una noche más.

“No tardaré mi amor”.

Y te espero.

Y te espero bebiendo la noche con un café

y comiendo las ganas con la almohada.

Pero al final, el amanecer me sorprende de nuevo sin ti.

Como tantas otras veces.

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Parque de atracciones

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Es como ese momento. Esa décima de segundo en la que subido a un vagón de una montaña rusa ves la caída que te espera. Esa milésima en la que caerás al vacío en ese parque de atracciones. Ese momento en el que la noria sigue girando.

Así es. Así es esa adrenalina que sientes. Ese miedo a lo desconocido. Ese sentimiento de culpa pero de querer más. Sí, arriésgate, móntate en la montaña rusa, en la noria, en la caída libre. Cuando dudas, cuando no sabes que hacer, si seguir a tu cabeza o a tu corazón, montarse en la montaña rusa es siempre la respuesta, arriesgarse es siempre la respuesta.

Pues eso. No dudes, no pierdas el tiempo pensando que lo que podría haber sido, en lo que fue o en lo que no será. Arriésgate. Si vuelves a sentir de nuevo esa adrenalina no la dejes escapar. No dejes de sentir esa emoción en el estómago, esa sensación que todos hemos sentido alguna vez de niños (o no tan niños) en un parque de atracciones.

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Será amor para siempre o solo para un rato. Pero será amor. Será emoción, será riesgo y será adrenalina. Será aprovechar la vida. Será aprovechar cada uno de los días que nos quedan para que nunca podamos arrepentirnos de no haber subido a aquella noria.

Punto y principio

No me gustan los puntos finales. Prefiero los puntos seguidos, que la historia continúe que no se detenga. Tampoco me gustan los puntos aparte. Cuando paras a reflexionar, cuando haces un alto en el camino pero sigues con la misma historia de siempre.

En nuestra historia de amor hubo varios puntos seguidos. Eso fue al principio, cuando alargábamos los cafés, cuando compartíamos los postres después de las comidas, cuando aprendíamos bailes de salón, cuando me dejabas elegir el lado de la cama.

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Después hubo algunos puntos aparte. Nos dimos un tiempo, reflexionamos y quisimos volver a las cenas para dos, a los paseos nocturnos, a las cañas al mediodía, a la cama compartida. Seguimos compartiendo nuestra vida como si nos perteneciera a los dos, como si no fuera posible establecer un punto y final.

Pero, sin quererlo, llegó ese día. El día en el que esta historia se acabó y dibujamos un punto final claro, firme y conciso. No hubo marcha atrás, no hubo más puntos aparte, la historia no siguió.

Y ese punto final, sin saber cómo ni porqué, se convirtió para mí en un punto y principio. Final de cosas malas y desagradables, final de un desamor, de una derrota, de un fracaso y principio de una nueva vida de una nueva vida sin ti pero con muchas más cosas, de una nueva historia que estaba a punto de comenzar.

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¿Cuántas veces hemos simulado que un punto y final es un punto y seguido? ¿Cuántas veces hemos luchado a contracorriente intentando seguir escribiendo una historia? Muchas. Muchas veces. Hasta que un día comprendes que hay que cerrar historias, que hay que fijar desenlaces. Que tú no eres conmigo y que yo solo soy sin ti.

Punto y final de una historia sin ti.

Punto y principio de una historia para mí.

La vida

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A veces el camino nos pone más baches de los esperados y nos tropezamos con más piedras de las que queremos. Nos caemos y nos levantamos. Una y otra vez.

A veces la vida nos pone pruebas difíciles que creemos que no seremos capaces de superar. Pero las superamos. Somos capaces de sacar fuerzas de donde sea y salir adelante.

A veces una sonrisa es el mejor antídoto contra cualquier problema que sobrevuele nuestra cabeza. Y sonreímos.

Puede que lo pasemos regular, mal o muy mal. Pero que no perdamos las ganas de sonreír ni un minuto. Que seamos capaces de levantarnos las veces que sea necesario. Y que sigamos mirando al frente con una sonrisa en los labios.

Sin red

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Yo también me tiré sin red… y no había agua en la piscina. Y no solo una vez, sino varias veces. Yo también di todo lo que tenía (y más) y me quedé sin nada. Abrí mi corazón, mi casa y mi cama a algún desconocido y a alguno demasiado conocido. Unas veces acerté y otras fallé. Pero no me arrepiento.

Me lancé desde el avión sin paracaídas, metí la mano en el horno, me quemé con fuego. Y lo volvería a hacer. Porque me enamoré. Porque sentí en mi piel el roce de su piel, porque besé como si fuera la primera vez, porque quise de verdad y me quisieron (o eso creo).

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El amor es así. Una montaña rusa en la que nos subimos sin saber cuando vamos a bajar y sin saber si será desde el punto más alto o desde el final. Me enamoré y me hicieron daño, me amaron y les hice daño. Y lo volvería a hacer.

Volvería a enamorarme como la primera vez, volvería a sentir lo mismo, volvería a tirarme sin red y a esperar que esta vez, la piscina esté completamente llena.

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